q&a
El viernes me mandaron vía mail un pequeño cuestionario para saber mi opinión acerca de los hechos del jueves (desde el punto de vista de la cultura y etc). Era para una nota de El Universal. Lo leí tarde pero contesté de inmediato. La nota sale el día de hoy sólo con la opinión de Hache. Ooops, ni modo: o no llegó a tiempo el email o, sniff sniff, lo que dije no era importante. En fin, les comparto las preguntas y mis respuestas.
¿Cuál es tu percepción de los enfrentamientos entre el narco y el ejército que se han escenificado en días recientes, sobre todo cómo lo han recibido los habitantes? El enfrentamiento directo es algo que se debió evitar con labores de inteligencia y el empleo de otras estrategias. El despliegue del jueves más que ayudar a la causa de la seguridad, nos muestra una incapacidad de reacción y acción planificada por parte de las autoridades. Además, ayudó enormemente para generar un discurso en los medios que ahonda la percepción social de zozobra e intimidación.
La violencia -real y simbólica- de los enfrentamientos, la impunidad manifestada por el narco y el poner en el cruce de fuego a la sociedad civil han disparado la sicosis social. La estrategia del miedo funciona a nivel calle, de forma casi inmediata, sin razonamiento al no contar con la información precisa, concisa y clara de lo que está pasando en realidad.
Entonces, es obvio que la mayoría de los tijuanenses nos sintamos impotentes, tristes, conmovidos, indignados o resentidos ante lo ocurrido. No nos lo merecemos.
¿Cuál es el impacto de esos hechos en la sociedad tijuanense? Por una parte, es devastador porque este hecho nos toca de alguna forma a todos. Hasta quienes somos unos malditos optimistas y creemos en el esfuerzo de las autoridades, vimos live and direct como nuestro sueño de seguridad corría aprisa, asustado, con las manos en la cabeza, tapándose los oídos, sin saber ni tener idea de lo que está pasando. Justo como esos niños que vimos como loop en la televisión. Creo, el tiempo pondrá las cosas en su justa dimensión, que estamos ante otro parteaguas en la historia reciente de Tijuana.
Por otra, saca a flote una de las características del tijuanense: su capacidad de adaptación a situaciones extremas y la de poder continuar con su vida cotidiana a pesar de la adversidad. La violencia por más dura y cerca que se viva, no detiene el impulso de la ciudad. Ni a quemarropa (no hay que olvidar que nuestra ciudad está hecha de forjadores y quitamiedos).
¿Qué repercusiones culturales podrán tener esos acontecimientos? Hay quien dice que ya nos estamos acostumbrado a este grado y ritmo de violencia, que no hay una sensibilidad social ni una conciencia de nuestra presencia/aporte para el bienestar de una comunidad que hoy se ve en la indefensión.
Contra la impunidad -en cualquier sentido-, habría que responder con ética y respeto (sí, esos valores tan a la baja). La tolerancia, dicen, nos puede hacer débiles. Hoy lo somos y así lo manifiesta la sociedad casi de forma general (por eso la intención de huir, de refugiarse en esas islas de seguridad electrónica, de abandonar la vida pública, del aislacionismo psicológico).
También los medios ayudan a una victimización que no creo resulte en nada bueno. Ante los hechos, hay que volver tomar la calle, que siga siendo nuestra. Es casi nuestra única forma de resistencia para llevar una existencia digna y libre. Quedarnos estancados o perplejos ante los hechos, nos hace blanco perfecto para esta y otras desgracias.
¿Terapia general para la ciudad? Acciones concretas, medidas justas, resultados evidentes. Eso serviría.
Hay una teoría que dice que en ambientes tragicos o difíciles, la creación artística es más frecuente. Un amigo me comentó por email que justo el jueves, en medio de la balacera, alguien estaba creando algo, dándole la vuelta de tuerca a esta situación: el diseño animado de una bala feliz que da la bienvenida a Tijuana. ¿El nombre del personaje?, Happy Bullet.
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19 de enero de 2008
17 de enero de 2008
lo de hoy
La Tijuana que se nos viene
I.
Los jueves son como mi domingo. El día que no voy al trabajo y que puedo levantarme, si quiero, tardísimo. El miércoles mi horario es de casi 12 horas. Lo primero que quiero hacer al llegar a casa es tirarme a la cama y descansar. Eso he hecho las últimas dos semanas. El descanso me sienta bien.
El día de hoy no fue la excepción. Me despertó el timbre del teléfono. Ya era mediodía. Mi hermana, que prendiera la televisión, una balacera. Lo hice y, desde ese momento, este jueves lo llevaré marcado en mi memoria.
II.
Las imágenes que veo son como de película. Recordé que en un noticiero local escuché a un empresario famoso por sus desatinos mediáticos-culturales decir que Tijuana se parecía mucho a Pakistán. Recordé una declaración, hace apenas unos días, de un jefe policíaco afirmando que lo que se vivía en Tijuana era una guerra. Recordé que en lo que va de esta semana no ha habido un sólo día que al despertar no lea la noticia de un asesinato, secuestro, levantón y etc.
III.
Seguí la noticia por 3 canales distintos. Encendí la compu para ver en los sitios de los diarios nacionales si había up-dates. La info no fluía. Seguí viendo esas imágenes que se repetían y repetían. Zoom, paneos, close-ups. Hay algo obsceno en estas imágenes que, por el momento, no alcancé a determinar pero sabía que algo en ellas me molestaba.
IV.
Trabajo cerca del lugar de la balacera. Cuadras abajo. A veces tomo el taxi en el bulevard. Varios de mis amigos y alumnos viven en esa área. Hablé con algunos de ellos por teléfono. Están bien... nerviosos, alterados, inquietos, pero bien. No pueden salir de su trabajo/de su casa/de su escuela.
V.
Sé que esta es una experiencia inédita cuando nadie sabe como actuar, como comportarse, como reaccionar. En las tv news los reporteros buscaban la mejor imagen, la más dramática, la que pudiera servir para no sé que propósito y perdieron el norte informativo, la mesura, el control. Y así ví imágenes en la tele que lejos de informar, lo único que lograban era encender la corta mecha de nuestra psicosis social, inyectar miedo, incertidumbre, coraje.
Los medios se ufanaban de presentar la información más completa, los reporteros hablaban de sentirse como un escenario de guerra, entrevistaban sin pudor alguno a infantes y personas que estaban a un tris de un breakdown, se regordeaban en pasar y pasar aquellas imágenes. Shame on you.
VI.
A las 3pm se transmite uno de los noticieros locales. Me senté frente al televisor y ví otra vez esas imágenes. Le cambié de canal y ahí estaban esas imágenes (otras tomas, otra mirada, pero siguen siendo las mismas). Declaraciones cortadas, amenazas por la frecuencia radial, silencio. Balazos.
Volví al noticiero, ví entre tanta imagen violenta el rostro familiar de un par de amigas muy queridas. Sentadas en el patio de su casa, con el micro del canal en la mano, muy tranquilas, esperando quizás alguna pregunta. Sí, son ellas: el supper las identifica con nombre y apellido. Su imagen se quedó en la tele escasos ¿3, 5 segundos? Reaccioné al ver que vuelven a aparecer las imágenes que he visto el último par de horas. Decidí llamarlas, lo mismo pensamos varios de sus amigos y familiares que también intentan comunicarse con ellas. Al final de la llamada, una de ellas me dijo: Ya la perdimos, r. No, le contesté. Aún no.
Sé a que se refiere. Mi city, nuestra city.
VII.
Tenía un par de compromisos este día. En mi casa me preguntaron si iba a salir. Sí, no tengo voluntad de rehen. Si el miedo nos gana, terminaremos por atrincherarnos en nuestros hogares como lo hicieron en Medellín. Nuestra pelea es por la libertad, por el poder fluir por esta que es nuestra Tijuana, por no dejarnos vencer por más impunidad que tengan/sientan los delincuentes, por seguir haciendo hasta la más mínima e intrascendente de nuestras actividades cotidianas.
Salí.
VIII.
Voy a visitar a un amigo. Caminé unas cuantas cuadras escuchando a Ciëlo en los audífonos. Mi amigo me recibe con café y pizza. Está alterado, triste, sacado de onda por los acontecimientos. Nadie que tenga una fibra sensible y un poco de solidaridad puede sentirse ajeno a lo trágico de la situación. La pelea, lo sabemos, no es buenos contra malos. Todos participamos en esto, nos hace protagonistas nuestro silencio, nuestra indiferencia, nuestra típica actitud de "no importa si no me causa problemas".
Son apenas las 6pm y observamos con atención la edición de las tv news. Otra vez las imágenes. Esas imágenes que ya empiezan a circular por el mundo. Las vemos en internet, las veremos mañana en los diarios. Las vemos. Sí, son obscenas, terriblemente obscenas. ¿Las recordaremos como las del aquel 23 de marzo? ¿se convertirán en un parteaguas en TJ? Con estas y muchas otras preguntas rodando por mi cabeza me despedí.
IX.
Aunque la recomendación en todos los medios era no salir de casa, bajé al centro. Tranquilo. Pasé por un par de negocios que tenían la tele encendida. Noticias, por supuesto. En el taxi, la gente, desconocida entre sí, hablaba de lo sucedido. Hay varias versiones corriendo. Nunca he creído en rumores. Lo peor fue comprobar que la táctica del miedo funciona.
Al llegar al Cecut, pedí la parada. La cultura es, han dicho, nuestra única salida posible. Lo de hoy sigue siendo el tema principal. Todos tiene algo que decir, algo que expresar, algo que sentir. Todos vimos esas imágenes. Todos las rechazamos.
Al igual que yo, hubo quien hizo caso omiso a la recomendación oficial. Salimos a sentirnos vivos, para saber que estamos vivos, para sentir viva nuestra ciudad. Directivos de las instituciones culturales, maestros universitarios, periodistas que estaban hartos de tantos balazos, amas de casa, adolescentes que hacían tiempo para entrar a ver a Taurus, la gente que hace algunos programas culturales universitarios, gente que se le ocurrió visitar el Cecut un día como hoy. Muchos, raro en enero, sorprendente para este jueves.
X.
Antes de volver a casa, fui con Boo al Starbucks playero. Puede que esto parezca un acto vacío y ridículo ante lo ocurrido. Sin embargo, fue la mejor decisión para terminar un día atroz. Lo pasamos bien al platicar sobre libros que nos recomiendan los amigos y los detalles que surgen al cursar una maestría, al bromear sobre viajes futuros y técnicas de terapia de grupo. Ahí, sentado, bebiendo un café latte, viendo a un montón de gente riendo y charlando con los amigos comprendí que no todo estaba perdido.
XI.
Back to reality. Alcancé a ver las tv news nacionales. Hechos transmite esas imágenes de nuevo, versión extendida. Unos 3 o cuatro minutos. No entiendo. O sí entiendo: lo suyo es el morbo, el chantaje emocional, el descaro y la nula sensibilidad. Cambio de canal. Otro noticiero, ya con el logo puesto sobre las imágenes exclusivas. Nauseas.
En Internet me enteré de más cosas, de otras reacciones. Leo en algunos blogs posts al respecto. Todos hablan, sitúan el lugar, conocen gente que vive cerca, se muestran indignados y commovidos por las imágenes. Algunos dicen -abiertamente o entre líneas- lo que todos sabemos y que no queríamos reconocer: la culpa también es nuestra y que el caracter abierto y receptivo de la city que la hace progresista paradojicamente atenta contra su supervivencia.
XII.
Son casi las doce. Sé que, aunque no lo quiera, soñaré con esas imágenes. A pesar de todo, que tengas buenas noches Tijuana.
pd: Sí, lo sé: soy un maldito optimista.
I.
Los jueves son como mi domingo. El día que no voy al trabajo y que puedo levantarme, si quiero, tardísimo. El miércoles mi horario es de casi 12 horas. Lo primero que quiero hacer al llegar a casa es tirarme a la cama y descansar. Eso he hecho las últimas dos semanas. El descanso me sienta bien.
El día de hoy no fue la excepción. Me despertó el timbre del teléfono. Ya era mediodía. Mi hermana, que prendiera la televisión, una balacera. Lo hice y, desde ese momento, este jueves lo llevaré marcado en mi memoria.
II.
Las imágenes que veo son como de película. Recordé que en un noticiero local escuché a un empresario famoso por sus desatinos mediáticos-culturales decir que Tijuana se parecía mucho a Pakistán. Recordé una declaración, hace apenas unos días, de un jefe policíaco afirmando que lo que se vivía en Tijuana era una guerra. Recordé que en lo que va de esta semana no ha habido un sólo día que al despertar no lea la noticia de un asesinato, secuestro, levantón y etc.
III.
Seguí la noticia por 3 canales distintos. Encendí la compu para ver en los sitios de los diarios nacionales si había up-dates. La info no fluía. Seguí viendo esas imágenes que se repetían y repetían. Zoom, paneos, close-ups. Hay algo obsceno en estas imágenes que, por el momento, no alcancé a determinar pero sabía que algo en ellas me molestaba.
IV.
Trabajo cerca del lugar de la balacera. Cuadras abajo. A veces tomo el taxi en el bulevard. Varios de mis amigos y alumnos viven en esa área. Hablé con algunos de ellos por teléfono. Están bien... nerviosos, alterados, inquietos, pero bien. No pueden salir de su trabajo/de su casa/de su escuela.
V.
Sé que esta es una experiencia inédita cuando nadie sabe como actuar, como comportarse, como reaccionar. En las tv news los reporteros buscaban la mejor imagen, la más dramática, la que pudiera servir para no sé que propósito y perdieron el norte informativo, la mesura, el control. Y así ví imágenes en la tele que lejos de informar, lo único que lograban era encender la corta mecha de nuestra psicosis social, inyectar miedo, incertidumbre, coraje.
Los medios se ufanaban de presentar la información más completa, los reporteros hablaban de sentirse como un escenario de guerra, entrevistaban sin pudor alguno a infantes y personas que estaban a un tris de un breakdown, se regordeaban en pasar y pasar aquellas imágenes. Shame on you.
VI.
A las 3pm se transmite uno de los noticieros locales. Me senté frente al televisor y ví otra vez esas imágenes. Le cambié de canal y ahí estaban esas imágenes (otras tomas, otra mirada, pero siguen siendo las mismas). Declaraciones cortadas, amenazas por la frecuencia radial, silencio. Balazos.
Volví al noticiero, ví entre tanta imagen violenta el rostro familiar de un par de amigas muy queridas. Sentadas en el patio de su casa, con el micro del canal en la mano, muy tranquilas, esperando quizás alguna pregunta. Sí, son ellas: el supper las identifica con nombre y apellido. Su imagen se quedó en la tele escasos ¿3, 5 segundos? Reaccioné al ver que vuelven a aparecer las imágenes que he visto el último par de horas. Decidí llamarlas, lo mismo pensamos varios de sus amigos y familiares que también intentan comunicarse con ellas. Al final de la llamada, una de ellas me dijo: Ya la perdimos, r. No, le contesté. Aún no.
Sé a que se refiere. Mi city, nuestra city.
VII.
Tenía un par de compromisos este día. En mi casa me preguntaron si iba a salir. Sí, no tengo voluntad de rehen. Si el miedo nos gana, terminaremos por atrincherarnos en nuestros hogares como lo hicieron en Medellín. Nuestra pelea es por la libertad, por el poder fluir por esta que es nuestra Tijuana, por no dejarnos vencer por más impunidad que tengan/sientan los delincuentes, por seguir haciendo hasta la más mínima e intrascendente de nuestras actividades cotidianas.
Salí.
VIII.
Voy a visitar a un amigo. Caminé unas cuantas cuadras escuchando a Ciëlo en los audífonos. Mi amigo me recibe con café y pizza. Está alterado, triste, sacado de onda por los acontecimientos. Nadie que tenga una fibra sensible y un poco de solidaridad puede sentirse ajeno a lo trágico de la situación. La pelea, lo sabemos, no es buenos contra malos. Todos participamos en esto, nos hace protagonistas nuestro silencio, nuestra indiferencia, nuestra típica actitud de "no importa si no me causa problemas".
Son apenas las 6pm y observamos con atención la edición de las tv news. Otra vez las imágenes. Esas imágenes que ya empiezan a circular por el mundo. Las vemos en internet, las veremos mañana en los diarios. Las vemos. Sí, son obscenas, terriblemente obscenas. ¿Las recordaremos como las del aquel 23 de marzo? ¿se convertirán en un parteaguas en TJ? Con estas y muchas otras preguntas rodando por mi cabeza me despedí.
IX.
Aunque la recomendación en todos los medios era no salir de casa, bajé al centro. Tranquilo. Pasé por un par de negocios que tenían la tele encendida. Noticias, por supuesto. En el taxi, la gente, desconocida entre sí, hablaba de lo sucedido. Hay varias versiones corriendo. Nunca he creído en rumores. Lo peor fue comprobar que la táctica del miedo funciona.
Al llegar al Cecut, pedí la parada. La cultura es, han dicho, nuestra única salida posible. Lo de hoy sigue siendo el tema principal. Todos tiene algo que decir, algo que expresar, algo que sentir. Todos vimos esas imágenes. Todos las rechazamos.
Al igual que yo, hubo quien hizo caso omiso a la recomendación oficial. Salimos a sentirnos vivos, para saber que estamos vivos, para sentir viva nuestra ciudad. Directivos de las instituciones culturales, maestros universitarios, periodistas que estaban hartos de tantos balazos, amas de casa, adolescentes que hacían tiempo para entrar a ver a Taurus, la gente que hace algunos programas culturales universitarios, gente que se le ocurrió visitar el Cecut un día como hoy. Muchos, raro en enero, sorprendente para este jueves.
X.
Antes de volver a casa, fui con Boo al Starbucks playero. Puede que esto parezca un acto vacío y ridículo ante lo ocurrido. Sin embargo, fue la mejor decisión para terminar un día atroz. Lo pasamos bien al platicar sobre libros que nos recomiendan los amigos y los detalles que surgen al cursar una maestría, al bromear sobre viajes futuros y técnicas de terapia de grupo. Ahí, sentado, bebiendo un café latte, viendo a un montón de gente riendo y charlando con los amigos comprendí que no todo estaba perdido.
XI.
Back to reality. Alcancé a ver las tv news nacionales. Hechos transmite esas imágenes de nuevo, versión extendida. Unos 3 o cuatro minutos. No entiendo. O sí entiendo: lo suyo es el morbo, el chantaje emocional, el descaro y la nula sensibilidad. Cambio de canal. Otro noticiero, ya con el logo puesto sobre las imágenes exclusivas. Nauseas.
En Internet me enteré de más cosas, de otras reacciones. Leo en algunos blogs posts al respecto. Todos hablan, sitúan el lugar, conocen gente que vive cerca, se muestran indignados y commovidos por las imágenes. Algunos dicen -abiertamente o entre líneas- lo que todos sabemos y que no queríamos reconocer: la culpa también es nuestra y que el caracter abierto y receptivo de la city que la hace progresista paradojicamente atenta contra su supervivencia.
XII.
Son casi las doce. Sé que, aunque no lo quiera, soñaré con esas imágenes. A pesar de todo, que tengas buenas noches Tijuana.
pd: Sí, lo sé: soy un maldito optimista.
30 de mayo de 2007
nuevo relato
JUST CAME BACK
El tiempo, afirmaba el viejo profesor erudito en metafísica, somos nosotros. No me costo trabajo entenderlo como punto de partida de algo que se había convertido demasiado pronto en tópico de sobremesa. En situaciones así, mi única salida era la abstracción. Una vez iniciado el proceso, no importaban ya gran cosa los ruidos –ese sonsonete de la música norteña, sus letras anodinas, el white noise del televisor, los lamentos vecinos, los murmullos inquietantes- o la nula posibilidad de hacer cualquier nimiedad que forma parte de nuestra vida cotidiana. Si bien es cierto que esto no era una salida lógica, al menos ofrecía una posibilidad de desmarcarme de una realidad fracturada por el destino y de asirme a otra mucho más plausible.
En un instante determinado, aquello fue cercano a la transfiguración. Un torrente: lo wi fi, la inercia fiestera de las It Girls, el freno católico al progreso de la clase media, la fatalidad implícita en el underground, los asuntos no resueltos que obligaron a Kakfa a escribirle una carta a su padre, la crítica recurrente a una malograda política internacional, el ecocidio del que ya hablaba Rius en los sixties, el pragmatismo del análisis psico-histórico, una declaración de principios de corte ambivalente, los haircuts imposibles que reciclan lo mejor y lo peor de los 80, las prebendas heredadas de los años de dictadura perfecta, la falta de buen sexo sin amarres ni lástima, eso que explica la soledad sin palabras, una lista de sit-coms televisivas, las personas que nunca se abren, las perversas intenciones de un duopolio omnipresente, la envidia de hombres diminutos y el daño que le hacen a su sistema digestivo. Cosas así de vitales que discutiría en mi bar favorito una vez resuelto este pequeño impasse.
Ahí estaba yo, sedado como paciente a punto de operación, con una presencia determinada por el tiempo de otros. Sin embargo, algo en mí me obligaba a darme cuenta que había perdido el sentido de orientación, un poco de sangre, eso que llaman pomposamente «libertad». Estaba tan fuera de mi zona de confort que aun, vaya cosa, mi habitual calentura se apago en un tris. Es penoso ver como se desintegra la personalidad de alguien y que su dispersión se torna irremediable. Por eso, el no ver/sentir la tragedia propia es legítimo, algo que se agradecía. Ya no pertenecía a mi tiempo, estaba inmerso en esa extraña sensación de lejanía (de todo: el ruido, los sentidos, un ideal de tercera mano, el esfuerzo fantasmático y sus lazos familiares, las cadenas de e-mails, la brisa matinal, las campañas en pro de la honestidad,). Algo así era tan triste como la dialéctica aplicada a cuestiones baladíes que lo único que aplica es continuar y dar el tipo. La ceguera emocional evitaba que observara de frente la crueldad en su presentación más (in)humana.
Ante ese estado de indefensión, mi autismo actuaba como práctico salvavidas. Lidiar conmigo era too much hasta para la gente acostumbrada a hacer lo que se tiene que hacer. Con el riesgo de ser enteipado y abandonado en cualquier sitio o incrementar esa estadística sangrienta de cabezas cercenadas que incita al miedo ciudadano recordaba, cosas de la narrativa, como se fraguó el desenlace de una historia particular entretejida por el devenir nacional y la lucha de contrarios (ese eco marxista que no termina por diluirse). La posibilidad de terminar siendo el encabezado principal o una nota perdida en las páginas interiores se reducía a una cuestión de humor de aquellos que, al quebrantar de golpe toda disposición de convivencia social, trabajaban bajo un esquema de superioridad impuesta. No más lamentos, tiempo de escapar.
Yo, sin saberlo, quería desligarme de un vacío del que todos hablan, de la anomia como paradoja del mercado de valores, de una discusión apática ante lo estúpido e innecesario del espectáculo, del déficit que se intenta cubrir con una póliza de embute y fantasía, de la enorme capa de abstencionismo que sacudía un sistema que se devoraba a sí mismo. Esto, pensaba mientras corría, ha sido un fragmento de una (mala) película que, tras acabarse, sería una foot note en una historia de alcance mayor. Por eso ante la pregunta recurrente de “¿en dónde te habías metido, Higelin?”, contesto con un simple “Por ahí, ya regresé a la vida social.”
“Damn yeah!, I just came back”, agrego con mi usual desenfado y sigo de frente pensando en el ahora. El tiempo sigue siendo tan nuestro como esos minutos en los que deseamos no ser uno más en la lista de los amparos por consignar, las horas muertas en que desconocemos a donde nos dirigimos, esos tres días en los que nuestra voluntad estuvo a la deriva como en el último partido que jugamos en las canchas del Y.M.C.A. local, aquel frustrado weekend con una chica llamada La'porshe cuya risa corporal nos rejuvenecía sin motivo, el largo verano del que hablan decenas de canciones o la libertad tras un secuestro que nunca se notifico.
El tiempo, afirmaba el viejo profesor erudito en metafísica, somos nosotros. No me costo trabajo entenderlo como punto de partida de algo que se había convertido demasiado pronto en tópico de sobremesa. En situaciones así, mi única salida era la abstracción. Una vez iniciado el proceso, no importaban ya gran cosa los ruidos –ese sonsonete de la música norteña, sus letras anodinas, el white noise del televisor, los lamentos vecinos, los murmullos inquietantes- o la nula posibilidad de hacer cualquier nimiedad que forma parte de nuestra vida cotidiana. Si bien es cierto que esto no era una salida lógica, al menos ofrecía una posibilidad de desmarcarme de una realidad fracturada por el destino y de asirme a otra mucho más plausible.
En un instante determinado, aquello fue cercano a la transfiguración. Un torrente: lo wi fi, la inercia fiestera de las It Girls, el freno católico al progreso de la clase media, la fatalidad implícita en el underground, los asuntos no resueltos que obligaron a Kakfa a escribirle una carta a su padre, la crítica recurrente a una malograda política internacional, el ecocidio del que ya hablaba Rius en los sixties, el pragmatismo del análisis psico-histórico, una declaración de principios de corte ambivalente, los haircuts imposibles que reciclan lo mejor y lo peor de los 80, las prebendas heredadas de los años de dictadura perfecta, la falta de buen sexo sin amarres ni lástima, eso que explica la soledad sin palabras, una lista de sit-coms televisivas, las personas que nunca se abren, las perversas intenciones de un duopolio omnipresente, la envidia de hombres diminutos y el daño que le hacen a su sistema digestivo. Cosas así de vitales que discutiría en mi bar favorito una vez resuelto este pequeño impasse.
Ahí estaba yo, sedado como paciente a punto de operación, con una presencia determinada por el tiempo de otros. Sin embargo, algo en mí me obligaba a darme cuenta que había perdido el sentido de orientación, un poco de sangre, eso que llaman pomposamente «libertad». Estaba tan fuera de mi zona de confort que aun, vaya cosa, mi habitual calentura se apago en un tris. Es penoso ver como se desintegra la personalidad de alguien y que su dispersión se torna irremediable. Por eso, el no ver/sentir la tragedia propia es legítimo, algo que se agradecía. Ya no pertenecía a mi tiempo, estaba inmerso en esa extraña sensación de lejanía (de todo: el ruido, los sentidos, un ideal de tercera mano, el esfuerzo fantasmático y sus lazos familiares, las cadenas de e-mails, la brisa matinal, las campañas en pro de la honestidad,). Algo así era tan triste como la dialéctica aplicada a cuestiones baladíes que lo único que aplica es continuar y dar el tipo. La ceguera emocional evitaba que observara de frente la crueldad en su presentación más (in)humana.
Ante ese estado de indefensión, mi autismo actuaba como práctico salvavidas. Lidiar conmigo era too much hasta para la gente acostumbrada a hacer lo que se tiene que hacer. Con el riesgo de ser enteipado y abandonado en cualquier sitio o incrementar esa estadística sangrienta de cabezas cercenadas que incita al miedo ciudadano recordaba, cosas de la narrativa, como se fraguó el desenlace de una historia particular entretejida por el devenir nacional y la lucha de contrarios (ese eco marxista que no termina por diluirse). La posibilidad de terminar siendo el encabezado principal o una nota perdida en las páginas interiores se reducía a una cuestión de humor de aquellos que, al quebrantar de golpe toda disposición de convivencia social, trabajaban bajo un esquema de superioridad impuesta. No más lamentos, tiempo de escapar.
Yo, sin saberlo, quería desligarme de un vacío del que todos hablan, de la anomia como paradoja del mercado de valores, de una discusión apática ante lo estúpido e innecesario del espectáculo, del déficit que se intenta cubrir con una póliza de embute y fantasía, de la enorme capa de abstencionismo que sacudía un sistema que se devoraba a sí mismo. Esto, pensaba mientras corría, ha sido un fragmento de una (mala) película que, tras acabarse, sería una foot note en una historia de alcance mayor. Por eso ante la pregunta recurrente de “¿en dónde te habías metido, Higelin?”, contesto con un simple “Por ahí, ya regresé a la vida social.”
“Damn yeah!, I just came back”, agrego con mi usual desenfado y sigo de frente pensando en el ahora. El tiempo sigue siendo tan nuestro como esos minutos en los que deseamos no ser uno más en la lista de los amparos por consignar, las horas muertas en que desconocemos a donde nos dirigimos, esos tres días en los que nuestra voluntad estuvo a la deriva como en el último partido que jugamos en las canchas del Y.M.C.A. local, aquel frustrado weekend con una chica llamada La'porshe cuya risa corporal nos rejuvenecía sin motivo, el largo verano del que hablan decenas de canciones o la libertad tras un secuestro que nunca se notifico.
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19 de abril de 2007
sensacionalismo y prensa tijuanera
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